miércoles, 30 de enero de 2013

DIOS TODOPODEROSO


Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre Dios Todopoderoso
VATICANO, 30 Ene. 13 / 10:45 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis del miércoles pasado, hemos reflexionado sobre las palabras del Credo: "Creo en Dios". Pero la profesión de fe especifica esta afirmación: Dios es el Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Me gustaría reflexionar con ustedes ahora sobre la primera y fundamental definición de Dios, que el Credo nos presenta: Él es Padre.
No siempre es fácil hoy en día hablar de paternidad. Sobre todo en el mundo occidental. Las familias disgregadas, los compromisos de trabajo cada vez más apretados, las preocupaciones y, a menudo, la fatiga de equilibrar el presupuesto familiar, así como la invasiva distracción de los medios de comunicación en la vida diaria son algunos de los muchos factores que pueden impedir una relación serena y constructiva entre padres e hijos.
A veces, la comunicación se hace difícil, se pierde la confianza y la relación con la figura del padre puede llegar a ser problemática. Por lo que, no teniendo modelos adecuados como referencia, se vuelve problemático incluso imaginar a Dios como padre. Para aquellos que han tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario e inflexible, o indiferente y poco afectuoso, o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y abandonarse a Él con confianza.
Pero la revelación bíblica ayuda a superar estas dificultades hablándonos de un Dios que nos muestra qué significa ser verdaderamente "padre", y es sobre todo el Evangelio el que nos revela este rostro de Dios como Padre, que ama hasta el don de su propio Hijo para la salvación de la humanidad.
La referencia a la figura paterna ayuda por lo tanto a comprender algo del amor de Dios, que sin embargo es infinitamente más grande, fiel y total que el de cualquier hombre. "¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! "(Mt 7,9 - 11; cfrLc 11,11 a 13).
Dios es nuestro Padre porque Él nos ha bendecido y elegido antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,3-6), nos hizo realmente sus hijos en Jesús (cfr. 1 Jn 3,1). Y, como Padre, Dios acompaña con amor nuestra vida, nos da su Palabra, sus enseñanzas, su gracia y su Espíritu.
Él –como revela Jesús– es el Padre que alimenta a las aves del cielo, sin que deban sembrar y cosechar, y reviste de colores maravillosos las flores del campo, con trajes más bellos que los del rey Salomón (cfr. Mt 6,26 - a 32; Lucas 12,24-28), y –añade Jesús– ¡nosotros valemos mucho más que las flores y las aves del cielo!
Y si Él es tan bueno que hace "salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos " (Mt 5, 45), siempre podremos, sin miedo y con total confianza, encomendarnos a su perdón cuando nos equivocamos de camino. Dios es un Padre bueno que acoge y abraza al hijo perdido y arrepentido (cfr. Lc 15, 11), da gratuitamente a los que piden (cfr. Mt 18,19; Mc 11, 24, Jn 16, 23) y ofrece el pan del cielo y el agua viva que da vida para siempre (cfr. Jn 6, 32, 51,58).
Por lo tanto, el orante del Salmo 27, rodeado de enemigos, asediado por los malvados y calumniadores, mientras busca la ayuda del Señor y lo invoca, puede dar su testimonio lleno de fe, afirmando: "Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá "(v. 10). Dios es un Padre que nunca abandona a sus hijos, un Padre amoroso que sostiene, ayuda, acoge, perdona y salva, con una fidelidad que supera inmensamente la de los hombres, para abrirse a las dimensiones de la eternidad. "Porque es eterno su amor", como repite en una letanía, en cada versículo, el Salmo 136 evocando la historia de la salvación.
El amor de Dios Padre nunca falla, no se cansa de nosotros, es amor que se da sin límites, hasta el sacrificio de su Hijo. La fe nos dona esta certeza que se convierte en una roca segura en la construcción de nuestras vidas: podemos afrontar todos los momentos de dificultad y de peligro, la experiencia de la oscuridad de la crisis y del tiempo de dolor, sostenidos por la fe en que Dios no nos deja solos y siempre está cerca, para salvarnos y llevarnos a la vida eterna.
Es en el Señor Jesús donde se muestra plenamente el rostro benévolo del Padre que está en los cielos. Conociéndolo a Él, podemos conocer también al Padre (cfr. Jn 8,19, 14,7), viéndolo a Él, podemos ver al Padre, porque Él está en el Padre y el Padre está en Él (cfr. Jn 14,9,11). Él es la "Imagen del Dios invisible", como lo define el himno de la Carta a los Colosenses, "el Primogénito de toda la creación... el Primero que resucitó de entre los muertos", "en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados " y lareconciliación de todas las cosas, "habiendo restablecido la paz por la sangre de su cruz y reconciliando todo lo que existe en la tierra y en el cielo, " (cfr. Col 1,13-20).
La fe en Dios Padre pide creer en el Hijo, bajo la acción del Espíritu, reconociendo en la Cruz que salva la revelación definitiva del amor divino. Dios es nuestro Padre al darnos a su Hijo por nosotros; Dios es nuestro Padre perdonando nuestros pecados y llevándonos a la alegría de la vida resucitada; Dios es nuestro Padre al ofrecernos el Espíritu que nos hace hijos y que nos permite llamarlo, en verdad, "Abba, Padre "(cf. Rom 8:15). Por eso Jesús, enseñándonos a orar, nos invita a decir "Padre Nuestro" (Mt 6,9 a 13;. Cf Lc 11:2-4).
La paternidad de Dios es, pues, amor infinito, ternura que se inclina sobre nosotros, hijos débiles, necesitados de todo. El Salmo 103, el gran himno de la misericordia divina, proclama: "«Como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles; él conoce de qué estamos hechos, sabe muy bien que no somos más que polvo." (vv. 13-14). Es sólo nuestra pequeñez, nuestra débil naturaleza humana, nuestra fragilidad que se convierte en llamamiento a la misericordia del Señor para que manifieste su grandeza y ternura de Padre que nos ayuda, nos perdona y nos salva.
Y Dios responde a nuestra llamada, enviando a su Hijo, que muere y resucita por nosotros; entra en nuestra fragilidad, haciendo lo que el hombre solo nunca hubiera podido hacer: él toma sobre Sí el pecado del mundo, como cordero inocente y nos abre el camino a la comunión con Dios, nos hace verdaderos hijos de Dios. Está ahí, en el Misterio pascual, que se revela en todo su esplendor, el rostro definitivo del Padre. Y es aquí, en la Cruz gloriosa, que se realiza la plena manifestación de la grandeza de Dios como "Padre omnipotente".
Pero podemos preguntarnos: ¿cómo es posible imaginar un Dios todopoderoso mirando la cruz de Cristo? ¿Este poder del mal que lleva a matar al hijo de Dios? Nos gustaría una omnipotencia divina de acuerdo con nuestros esquemas mentales y nuestros deseos: un Dios "omnipotente" que resuelva los problemas, que intervenga para evitarnos las dificultades, que venza a los poderes adversos, cambie el curso de los acontecimientos y anule el dolor.
Por eso, hoy en día muchos teólogos dicen que Dios no es omnipotente, porque de lo contrario no existiría tanto sufrimiento, y tanta maldad en el mundo. De hecho, ante el mal y el sufrimiento, para muchos de nosotros, es problemático, difícil creer en un Dios Padre y creerlo todopoderoso; algunos buscan refugio en los ídolos, cediendo a la tentación de encontrar una respuesta en una omnipotencia supuesta "magia" y sus promesas ilusorias.
Pero la fe en Dios Todopoderoso nos lleva por caminos muy diferentes. A aprender a conocer que el pensamiento de Dios es diferente del nuestro, que los caminos de Dios son diferentes de los nuestros, y también su omnipotencia es diferente: no se expresa como una fuerza automática o arbitraria, sino que se caracteriza por una libertad amorosa y paternal.
De hecho, Dios al crear criaturas libres, dándoles libertad ha renunciado a una parte de su poder, dejando el poder de nuestra libertad. Así ama y respeta la libre respuesta de amor a su llamada. Como Padre, Dios quiere que seamos sus hijos de su corazón y vivamos como tal, en su Hijo, en comunión, en plena familiaridad con Él.
Su omnipotencia no se expresa en la violencia, no se expresa en la destrucción de un poder adverso como nosotros quisiéramos, sino que se expresa en el amor, la misericordia, el perdón, en la aceptación de nuestra libertad y en la incansable llamada a la conversión del corazón, en una actitud, sólo aparentemente débil.
Dios parece débil si vemos a Jesucristo que ora, que invita, que se hace matar, pero es la actitud aparentemente débil hecha de paciencia, mansedumbre y amor que demuestra que éste es el verdadero camino de la potencia y de poder.
Este es el poder de Dios y esto vencerá. El sabio del libro de la Sabiduría se dirige a Dios de esta manera: "Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe…Pero tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida "(11:23-24a .26).
Sólo el que es realmente poderoso puede soportar el dolor y tener a la vez compasión, solo quien es de verdad potente puede ejercer plenamente la fuerza del amor.
Y Dios, a quien pertenecen todas las cosas, porque todas las cosas fueron hechas por Él, revela su fuerza amando a todos y a todo, en una paciente espera de la conversión de nosotros los hombres, a los que quiere tener como hijos. Dios espera nuestra conversión. El amor todopoderoso de Dios no tiene límites, hasta el punto que "no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Romanos 8:32).
La omnipotencia del amor no es la del poder del mundo, sino la del don total, y Jesús, el Hijo de Dios, revela al mundo la verdadera omnipotencia del Padre dando su vida por nosotros pecadores. He aquí la verdadera, auténtica y perfecta potencia divina: responder al mal no con el mal sino con el bien, a los insultos con el perdón, al odio homicida con el amor que da la vida.
Así pues, el mal viene vencido realmente, porque viene lavado por el amor de Dios; y la muerte viene derrotada definitivamente, porque es transformada en don de vida. Dios Padre resucita al Hijo: la muerte, la gran enemiga (cf. 1 Cor 15:26), viene tragada y privada de su veneno (cf. 1 Cor 15,54-55), y nosotros, liberados del pecado, podemos acceder a nuestra realidad de hijos de Dios.
Por lo tanto, cuando decimos "Yo creo en Dios Padre omnipotente" expresamos nuestra fe en el poder del amor de Dios que, en su Hijo muerto y resucitado vence el odio, la maldad, el pecado y nos da vida eterna, aquella de hijos que quieren estar siempre en la "Casa del Padre". Decir Creo en Dios Padre omnipotente, en su poder, en su manera de ser padre, es siempre un acto de fe, de conversión, de transformación de nuestro pensamiento, de todo nuestro afecto, de todo nuestro modo de vivir.
Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que sostenga nuestra fe, que nos ayude a encontrar realmente la fe, y nos de la fuerza para anunciar a Cristo crucificado y resucitado Cristo y darle testimonio en el amor a Dios y al prójimo. Y Dios nos conceda recibir el don de nuestra filiación, para vivir plenamente la realidad del Credo, confiando en el amor del Padre y de su omnipotencia misericordiosa, la verdadera omnipotencia que salva. Gracias.

miércoles, 23 de enero de 2013

Primera catequesis del Papa Benedicto XVI sobre el Credo


Primera catequesis del Papa sobre el Credo

VATICANO, 23 Ene. 13 / 10:21 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas:

En este Año de la fe, hoy me gustaría empezar a reflexionar juntos sobre el Credo, la solemne profesión de fe que acompaña nuestras vidas como creyentes. El Credo comienza así: "Creo en Dios". Es una afirmación fundamental, aparentemente simple en su esencialidad, que sin embargo abre al mundo infinito de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica adhesión a Dios, acogida de su Palabra y obediencia gozosa a su revelación.
Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela" (n. 166). Poder decir que se cree en Dios es, por lo tanto, un don y un compromiso al mismo tiempo, es gracia divina y responsabilidad humana, en una experiencia de diálogo con Dios, que, por amor, "habla a los hombres como amigos" (Dei Verbum, 2), nos habla para que, en la fe y con la fe, podamos entrar en comunión con Él.
¿Dónde podemos escuchar a Dios que nos habla? Para ello es fundamental la Sagrada Escritura, en la que, la Palabra de Dios se hace audible para nosotros y nutre nuestra vida de "amigos" de Dios. Toda la Biblia narra la revelación de Dios a la humanidad, toda la Biblia habla de la fe y nos enseña la fe, narrando una historia en la que Dios lleva a cabo su plan de redención y se acerca a los hombres, a través de tantas figuras luminosas de personas que creen en Él y confían en Él, hasta la plenitud de la revelación en el Señor Jesús.
Es muy bello, a este respecto, el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos –que acabamos de escuchar– que habla de la fe y hace relucir las grandes figuras bíblicas que han vivido la fe, llegando a ser modelo para todos los creyentes: "Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven" (11,1), dice el primer versículo. Los ojos de la fe son, por lo tanto, capaces de ver lo invisible y el corazón del creyente puede esperar más allá de toda esperanza, al igual que Abraham, del que Pablo dice en la Carta a los Romanos que "creyó, esperando contra toda esperanza" (4,18).
Y precisamente sobre Abraham, me gustaría que detengamos nuestra atención, porque él es la primera gran figura de referencia para hablar acerca de la fe en Dios: el gran patriarca Abraham, modelo ejemplar, padre de todos los creyentes (cfr. Rom 4,11-12).
La Carta a los Hebreos lo presenta así: "Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios". (11, 8-10).
El autor de la Carta a los Hebreos se refiere aquí a la llamada de Abraham, narrada en el libro del Génesis ¿qué le pide Dios a este gran patriarca? Le pide que abandone su tierra para ir al país que le mostrará". El Señor dijo a Abram: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré" (Génesis 12, 1). ¿Cómo habríamos respondido nosotros a una invitación semejante?
Se trata, en efecto, de un partir en la oscuridad, sin saber dónde lo conducirá Dios, es un camino que requiere una obediencia y una confianza radicales, a la que sólo la fe permite acceder. Pero la oscuridad de lo desconocido está iluminada por la luz de una promesa; Dios añade a su mando una palabra tranquilizadora, que le abre a Abraham un futuro de vida en toda su plenitud: "Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre... y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra" (Gen 12,2.3).
La bendición, en la Sagrada Escritura, se enlaza principalmente con el don de la vida que viene de Dios y se manifiesta ante todo en la fertilidad, en una vida que se multiplica, pasando de generación en generación. Asimismo, la bendición está relacionada también con la experiencia de poseer una tierra, un lugar estable para vivir y crecer en libertad y seguridad, temiendo a Dios y construyendo una sociedad de hombres fieles a la Alianza, "un reino de sacerdotes y una nación santa" (cfr. Ex 19,6).
Por lo tanto, Abraham, en el diseño de Dios, está destinado a llegar a ser el "padre de una multitud de naciones" (Gn 17,5; cfr. Rom 4, 17-18) y a entrar en una nueva tierra donde vivir. Y, sin embargo, Sara, su esposa, es estéril, no puede tener hijos, el país al que Dios lo conduce está lejos de su tierra natal, ya está habitado por otros pueblos y nunca le pertenecerá verdaderamente.
El narrador bíblico hace hincapié en esto, aunque muy discretamente: cuando Abraham llegó al lugar de la promesa de Dios: " los cananeos ocupaban el país " (Gen 12:6). La tierra que Dios le dona a Abraham no le pertenece, él es un extranjero y lo seguirá siendo para siempre, con todo lo que ello conlleva: no tener intenciones de posesión, sentir siempre la propia pobreza, verlo todo como un don. Ésta es también la condición espiritual de quien acepta seguir al Señor, de quien decide partir aceptando su llamada, bajo el signo de su bendición invisible pero poderosa.
Y Abraham, el "padre de los creyentes", acepta esta llamada, en la fe. San Pablo escribe en la carta a los Romanos: "Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones, como se le había anunciado: Así será tu descendencia. Su fe no flaqueó, al considerar que su cuerpo estaba como muerto –tenía casi cien años– y que también lo estaba el seno de Sara. El no dudó de la promesa de Dios, por falta de fe, sino al contrario, fortalecido por esa fe, glorificó a Dios, plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete".(Rm 4,18-21).
La fe conduce a Abraham a seguir un camino paradójico. Él será bendecido, pero sin los signos visibles de la bendición: recibe la promesa de formar un gran pueblo, pero con una vida marcada por la esterilidad de Sara, su esposa; es llevado a una nueva patria, pero tendrá que vivir como un extranjero; y la única posesión de la tierra que se le permitirá será el de una parcela de terreno para enterrar a Sara (cf. Gn 23,1 a 20).
Abraham fue bendecido porque, en la fe, supo discernir la bendición divina yendo más allá de las apariencias, confiando en la presencia de Dios, incluso cuando sus caminos se le muestran misteriosos.
¿Qué significa esto para nosotros? Cuando decimos: "Yo creo en Dios", decimos, como Abraham: "Confío en ti, me confío a ti, Señor", pero no como a Alguien a quien se acude sólo en los momentos de dificultad o al que dedicar algún momento del día o de la semana. Decir "Yo creo en Dios" significa fundar en Él mi vida, dejar que su Palabra la oriente cada día, en las opciones concretas sin temor de perder algo de mí mismo.
Cuando, en el rito del Bautismo, se pide tres veces: "¿Creéis? en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica y las demás verdades de la fe, la triple respuesta es en singular: "Yo creo", porque es mi existencia personal la que va a recibir un viraje con el don de la fe, es mi vida la que debe cambiar, convertirse. Cada vez que participamos en un Bautismo, debemos preguntarnos cómo vivimos cada día el gran don de la fe.
Abraham, el creyente, nos enseña la fe; y, como un extranjero en la tierra, nos muestra la verdadera patria. La fe nos hace peregrinos en la tierra, dentro del mundo y de la historia, pero en camino hacia la patria celestial.
Creer en Dios nos hace, pues, portadores de valores que a menudo no coinciden con la moda y la opinión del momento, nos pide adoptar criterios y asumir conductas que no pertenecen a la manera común de pensar. El cristiano no debe tener miedo de ir "contra corriente" para vivir su propia fe, resistiendo a la tentación de "adecuarse".
En muchas de nuestras sociedades, Dios se ha convertido en el "gran ausente" y en su lugar hay muchos ídolos, en primer lugar el "yo" autónomo. Y también los significativos y positivos progresos de la ciencia y de la tecnología han llevado al hombre a una ilusión de omnipotencia y de autosuficiencia, y un creciente egoísmo ha creado muchos desequilibrios en las relaciones y el comportamiento social.
Y, sin embargo, la sed de Dios (cf. Sal 63,2) no se extinguió y el mensaje del Evangelio sigue resonando a través de las palabras y los hechos de muchos hombres y mujeres de fe. Abraham, el padre de los creyentes, sigue siendo el padre de muchos hijos que están dispuestos a seguir sus pasos y se ponen en camino, en obediencia a la llamada divina, confiando en la presencia benevolente del Señor y acogiendo su bendición para ser una bendición para todos.
Es el mundo bendecido por la fe al que todos estamos llamados, para caminar sin miedo siguiendo al Señor Jesucristo. Y a veces es un camino, que conoce incluso, la prueba de la muerte, pero que está abierto a la vida, en una transformación radical de la realidad que sólo los ojos de la fe pueden ver y disfrutar en abundancia.
Afirmar "yo creo en Dios" nos conduce, pues, a ponernos en camino, a salir de nosotros mismos continuamente, al igual que Abraham, para llevar, en la realidad cotidiana en que vivimos, la certeza que viene de la fe: la certeza, es decir, la presencia de Dios en la historia, también hoy; una presencia que da vida y salvación, y nos abre a un futuro con Él para una plenitud de vida que nunca conocerá el ocaso.


miércoles, 16 de enero de 2013

LA REVELACIÓN DE DIOS


VATICANO, 16 Ene. 13 / 10:04 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas:
El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la divina Revelación, afirma que la íntima verdad de la revelación de Dios brilla para nosotros "en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la Revelación" (n. 2 ).
El Antiguo Testamento nos dice cómo Dios, después de la creación, a pesar del pecado original y de la arrogancia del hombre de querer ponerse en el lugar de su Creador, vuelve a ofrecer la posibilidad de su amistad, sobre todo a través de la alianza con Abraham y el camino de un pueblo pequeño, el de Israel, que Él elige, no criterios de poder terrenal, sino simplemente por amor.
Es una elección que sigue siendo un misterio y revela el estilo de actuar de Dios, que llama a algunos, no para excluir a los demás, sino para que sirvan de puente con el fin de conducir hacia Él. Elección siempre para el otro. En la historia del pueblo de Israel, podemos volver a recorrer las etapas de un largo camino, en el que Dios se deja conocer, se revela, entra en la historia con palabras y con acciones.
Para esta obra, Él se sirve de mediadores, como Moisés, los Profetas y los Jueces, que comunican al pueblo su voluntad, recuerdan la necesidad de fidelidad a la alianza y mantienen viva la espera de la realización plena y definitiva de las promesas divinas.
Y es la realización de estas promesas que hemos contemplado en la Santa Navidad: la Revelación de Dios llega a su culmen, a su plenitud.
En Jesús de Nazaret, Dios visita realmente a su pueblo, visita a la humanidad de una manera que va más allá de todas las expectativas: envía a su Hijo Unigénito, Dios mismo se hace hombre. Jesús no nos dice algo acerca de Dios, no habla simplemente del Padre –sino que es Revelación de Dios, porque es Dios– nos revela el rostro de Dios. En el prólogo de su Evangelio, Juan escribe: " Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre "(Jn 1,18).
Quisiera detenerme en este "revelar el rostro de Dios". En este contexto, San Juan, en su Evangelio, nos narra un hecho significativo, que acabamos de escuchar. Al acercarse la Pasión, Jesús tranquiliza a sus discípulos, exhortándoles a no tener miedo y tener fe, luego entabla un diálogo con ellos, en el que habla de Dios Padre (cfr. Jn 14,2-9). En un momento, el apóstol Felipe le pide a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (Juan 14:8). Felipe es muy práctico y concreto: dice también lo que nosotros queremos decir, queremos ver al Padre - le pide "ver" el Padre, para ver su rostro.
La respuesta de Jesús –no sólo a Felipe, sino también a nosotros– nos introduce en el corazón de la fe cristológica. El Señor afirma: "El que me ha visto, ha visto al Padre" (Jn 14, 9). En esta expresión se encierra sintéticamente la novedad del Nuevo Testamento, aquella novedad que apareció en la gruta de Belén: Dios se puede ver, Dios ha manifestado su rostro, es visible en Jesucristo.
En todo el Antiguo Testamento está presente el tema de la "búsqueda del rostro de Dios", el anhelo de conocer este rostro, de ver a Dios como es, tanto que el término hebreo p?nîm, que significa "rostro", se repite 400 veces, de las que 100 se refieren a Dios, cien veces se refiere y se quiere ver el rostro de Dios. Y, sin embargo, la religión hebraica, prohibiendo por completo las imágenes, porque Dios no se puede representar –como hacían los pueblos cercanos con la adoración de los ídolos, por lo tanto con esta prohibición de imágenes en el Antiguo Testamento– parece excluir totalmente el "ver" del culto y de la piedad
¿Qué significa, entonces, para el piadoso israelita, buscar a pesar de todo el rostro de Dios, aun sabiendo que no puede haber ninguna imagen suya? La pregunta es importante: por un lado, quiere decir que Dios no puede ser reducido a un objeto, como una imagen que se puede tomar en la mano, así como no se puede poner algo en lugar de Dios, y por el otro, se afirma que Dios tiene un rostro, es decir que es un "Tú", que puede entrar en una relación, que no está cerrado en su Cielo, mirando desde lo alto a la humanidad.
Dios está sin duda por encima de todo, pero se dirige hacia nosotros, nos escucha, nos ve, habla, establece alianza, es capaz de amar. La historia de la salvación es la historia de Dios con la humanidad y la historia de esta relación de Dios, que se revela progresivamente al hombre, que se hace conocer a sí mismo, su rostro.
Precisamente al comienzo del año, el 1 de enero, hemos oído, en la liturgia, la hermosa oración de bendición sobre su pueblo: "Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz". (Números 6:24-26).
El esplendor del rostro divino es la fuente de la vida, es lo que permite ver la realidad; la luz de su rostro es la guía de la vida. En el Antiguo Testamento hay una figura a la que está enlazado de forma muy especial el tema del ‘rostro’ de Dios. Se trata de Moisés, aquel al que Dios elige para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, donarle la Ley de la alianza y guiarlo a la Tierra prometida.
Después Moisés regresaba al campamento, pero Josué –hijo de Nun, su joven ayudante– no se apartaba del interior de la tienda. Pues bien, en el capítulo 33 del libro del Éxodo, se dice que Moisés tenía una relación cercana y confidencial con Dios: "El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo". (v. 11).
En virtud de esta confianza, Moisés pide a Dios: "Muéstrame tu gloria", y la respuesta de Dios es clara: «Haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del Señor… Pero tú no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo…Aquí a mi lado tienes un lugar… tú verás mis espaldas. Pero nadie puede ver mi rostro». (vv. 18-23).
Por un lado, pues, hay un diálogo cara a cara, como amigos, pero por el otro, hay la imposibilidad, en esta vida, de ver el rostro de Dios, que permanece oculto; la visión es limitada. Al final, a Dios sólo se le puede seguir, viendo sus hombros. Los Padres dicen esto: tú sólo puedes ver mi espalda, significa que tú sólo puedes seguir a Cristo y siguiéndole ves desde detrás el misterio de Dios. Dios se puede seguir viendo su espalda.
Algo completamente nuevo sucede, sin embargo, con la Encarnación. La búsqueda del rostro de Dios recibe un cambio radical increíble, porque ahora se puede ver este rostro: el de Jesús, el Hijo de Dios que se hace hombre.
En Él se cumple el camino de la revelación de Dios comenzado con la llamada de Abraham, Él es la plenitud de esta revelación, porque él es el Hijo de Dios, es a la vez "mediador y plenitud de toda la Revelación" (Constitución Dogmática. Dei Verbum, 2), y en Él el contenido de la Revelación y el Revelador coinciden. Jesús nos muestra el rostro de Dios y nos enseña el nombre de Dios. En la Oración sacerdotal de la Última Cena, Él le dice al Padre: "He manifestado tu nombre a los hombres... Yo les he dado a conocer tu nombre" (cf. Jn 17,6.26).
El término "nombre de Dios" significa Dios como Aquel que está presente entre los hombres. A Moisés en la zarza ardiente, Dios había revelado su nombre, se había hecho invocar, había dado una señal concreta de su "existencia" entre los hombres. Todo esto encuentra cumplimiento y plenitud en Jesús: Él inaugura de forma nueva la presencia de Dios en la historia, porque el que le ve a Él, ve al Padre, como dice a Felipe (cf. Jn 14:9).
El Cristianismo –dice San Bernardo– es la "religión de la Palabra de Dios", no de, "una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo" (Hom. supermissusest, IV, 11: PL 183, 86B). En la tradición de la patrística y medieval se usa una fórmula especial para expresar esta realidad: Jesús es el Verbum abbreviatum (cf. Rom 9,28, en referencia a Isaías 10:23), el Verbo abreviado, la Palabra breve, abreviada y sustancial del Padre, que nos dijo todo de Él. En Jesús toda la Palabra está presente.
En Jesús incluso la mediación entre Dios y el hombre encuentra su plenitud. En el Antiguo Testamento hay una gran cantidad de figuras que han venido desempeñando esta tarea, sobre todo Moisés, el libertador del, el guía, el "mediador" de la alianza, como lo define el Nuevo Testamento (cf. Gal 3:19; Hechos 7 , 35, Jn 1:17).
Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no es uno más de los mediadores entre Dios y el hombre, sino "el mediador" de la nueva y eterna alianza (cf. Heb 8:6; 9.15, 12.24), "un sólo, de hecho, es Dios - dice Pablo - y un solo uno el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesus"(1 Timoteo 2:5, Gálatas 3:19-20). En él podemos ver y conocer al Padre; en Él podemos invocar a Dios como "Abba, Padre" en Él nos vienen dada la salvación.
El deseo de conocer a Dios realmente, es decir, de ver el rostro de Dios, está en todos los hombres, incluso en los ateos. Y nosotros tenemos este deseo consciente de ver quién es, qué es, qué es para nosotros. Pero este deseo se realiza siguiendo a Cristo, así vemos la espalda y vemos, por fin, a Dios como a un amigo, su rostro en el rostro de Cristo.
Es importante que sigamos a Cristo pero no sólo cuando lo necesitamos y cuando encontramos un espacio de tiempo, entre los miles quehaceres de cada día, sino con nuestra vida. Toda nuestra existencia debe estar orientada al encuentro con Él, al amor hacia Él y en ella, el amor al prójimo debe tener asimismo un lugar central.
Ese amor que, a la luz del Crucificado, nos hace reconocer el rostro de Jesús en el pobre, en el débil y en el que sufre. Ello es posible sólo si el verdadero rostro de Jesús se nos ha vuelto familiar, en la escucha de su Palabra –en el diálogo interior con su Palabra para que lo podamos encontrar a Él verdaderamente– y naturalmente en el Misterio de la Eucaristía.
En el Evangelio de San Lucas es significativo el pasaje de los dos discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el pan. Pero preparados por el camino, preparados por la invitación que le hacen para que se quede con ellos, preparados por el diálogo que hizo arder sus corazones. Así ven al final a Jesús.
También para nosotros, la Eucaristía es, preparada por una vida en diálogo con Jesús, la gran escuela en la que aprendemos a ver el rostro de Dios, entramos en relación íntima con Él; y aprendemos al mismo tiempo a dirigir la mirada hacia el momento final de la historia, cuando Él nos saciará con la luz de su rostro. En la tierra caminamos hacia esta plenitud, en la espera gozosa que se cumpla el Reino de Dios.

miércoles, 9 de enero de 2013

EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN


VATICANO, 09 Ene. 13 / 10:42 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas:
En este tiempo de Navidad, nos detenemos de nuevo en el gran misterio de Dios que bajó de su Cielo para entrar en nuestra carne. En Jesús, Dios se encarnó, se hizo hombre como nosotros, y así nos abrió el camino hacia su Cielo, hacia la comunión plena con Él.
En estos días, en nuestras iglesias ha resonado varias veces la palabra "Encarnación" de Dios, para expresar la realidad que celebramos en la Santa Navidad: El Hijo de Dios se hizo hombre, como recitamos en el Credo. Pero ¿qué significa esta palabra central de la fe cristiana? Deriva del latín "incarnatio". San Ignacio de Antioquía, a finales del siglo I y especialmente San Ireneo han utilizado este término, reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de San Juan, en particular sobre la expresión "La Palabra se hizo carne" (Jn 1,14).
Aquí la palabra "carne" –según la costumbre hebraica– se refiere a la persona integralmente, en su totalidad, a su aspecto de caducidad y temporalidad, su pobreza y su contingencia. Y ello para decirnos que la salvación traída por el Dios hecho carne en Jesús de Nazaret, abraza al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en la que se encuentre.
Dios tomó la condición humana para curar de todo lo que nos separa de Él, por lo que podemos llamar, en su Hijo unigénito, con el nombre de "Abba, Padre" y ser verdaderamente sus hijos. San Ireneo dice: "Esto es por qué el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con la Palabra y recibiendo así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios "(Adversushaereses, 3,19,1:. PG 7,939; cfCatecismo de la Iglesia Católica, 460).
"El Verbo se hizo carne" es una de esas verdades a las que nos hemos acostumbrado tanto, que ya casi no nos impacta la magnitud del evento que expresa. Y de hecho, en este tiempo de Navidad, en el que esta expresión se repite a menudo en la liturgia, a veces se da mayor atención a los aspectos exteriores, a los "colores" de la fiesta, en lugar de estar atentos al corazón de la gran novedad cristiana que celebramos: algo absolutamente impensable, que sólo Dios podía obrar y en la que sólo se puede entrar con la fe.
El Logos que está con Dios, el Logos, que es Dios (cfrJn 1, 1), para el cual fueron creadas todas las cosas (cfr. 1,3), que ha acompañado a los hombres en la historia con su luz (cfr. 1,4- 5; 1,9), se hace carne y pone su morada entre nosotros, se hace uno de nosotros (cfr. 1,14).
El Concilio Ecuménico Vaticano II afirma: "El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado". (Constitución Gaudium et Spes, 22). Es importante, entonces, recuperar el asombro ante el misterio, dejarse envolver por la magnitud de este acontecimiento: Dios ha recorrido como un hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su propia vida (cfr. 1 Jn 1,1 - 4). Y no lo hizo con el esplendor de un soberano, que con su poder somete al mundo, sino con la humildad de un niño.
Me gustaría señalar un segundo elemento. En Navidad solemos intercambiar algunos regalos con las personas más cercanas. A veces puede ser un acto realizado por convención, pero en general expresa afecto, es un signo de amor y de estima. En la oración de las ofrendas de la Misa en la Solemnidad de la Navidad oramos así: "Acepta, oh Padre, nuestra ofrenda en esta noche de luz, y por este misterioso intercambio de dones transformarnos en Cristo, tu Hijo, que elevó al hombre a tu lado en la gloria". El anhelo de la donación está en el corazón de la liturgia y recuerda a nuestra conciencia el don original de la Navidad: en esa noche santa de Dios, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se entregó por nosotros, asumió nuestra humanidad para donarnos su divinidad.
Este es el gran don. Incluso en nuestro dar no es importante que un regalo sea caro o no; quien no es capaz de donar un poco de sí mismo, da siempre muy poco; incluso, a veces incluso se intenta reemplazar el corazón y el compromiso de donación de uno mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación significa que Dios no lo ha hecho así: no ha dado cualquier cosa, sino que se entregó a sí mismo en su Hijo Unigénito. Aquí encontramos el modelo para nuestro dar, para que nuestras relaciones, sobre todo las más importantes, sean impulsadas con la generosidad y el amor.
Quisiera ofrecer una tercera reflexión: el hecho de la Encarnación de Dios, que se hace un hombre como nosotros, nos muestra el realismo sin precedentes del amor divino. La acción de Dios, de hecho, no se limita a las palabras, es más podríamos decir que Él no se contenta con hablar, sino que se sumerge en nuestra historia y asume sobre sí la fatiga y el peso de la vida humana.
El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, nació de la Virgen María, en un tiempo y en un lugar específico, en Belén durante el reinado del emperador Augusto, bajo el gobernador Quirino (Lc 2,1-2); creció en una familia, tuvo amigos, formó un grupo de discípulos, dio instrucciones a los apóstoles para que continuaran su misión, completó el curso de su vida terrenal en la cruz.
Este modo de actuar de Dios es un poderoso estímulo para cuestionarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse a la esfera de los sentimientos y emociones, sino que debe entrar en la realidad de nuestra existencia, es decir, debe tocar nuestra vida de cada día y orientarla de manera práctica. Dios no se detuvo en las palabras, sino que nos mostró cómo vivir, compartiendo nuestra propia experiencia, salvo en el pecado.
El Catecismo de San Pío X, que algunos de nosotros hemos estudiado deniños, con su sencillez, a la pregunta: "¿Para vivir según Dios, ¿qué debemos hacer", da esta respuesta: "Para vivir según Dios debemos creer las verdades reveladas por Él y observar sus mandamientos con la ayuda de su gracia, que se obtiene mediante los sacramentos y la oración". La fe tiene un aspecto fundamental que afecta no sólo la mente y el corazón, sino toda nuestra vida.
Un último elemento que propongo a vuestra reflexión. San Juan dice que el Verbo, el Logos estaba con Dios desde el principio, y que todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo, y que nada de lo que existe fue hecho sin Él (cf. Jn 1:1-3). El evangelista claramente alude a la historia de la creación que se encuentra en los primeros capítulos del Libro del Génesis, y los relee a la luz de Cristo.
Este es un criterio fundamental en la lectura cristiana de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento siempre deben ser leídos juntos y a partir del Nuevo se revela el sentido más profundo también del Antiguo.
Aquel mismo Verbo, que siempre ha existido con Dios, que es Dios Él mismo y por el cual y en vista del cual todas las cosas fueron creadas (cf. Col 1:16-17), se hizo hombre: el Dios eterno e infinito se sumergió en la finitud humana, en su criatura, para reconducir el hombre y el conjunto de la creación a Él. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "la primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo brillo supera el de la primera "(n. 349).
Los Padres de la Iglesia han acercado a Jesús a Adán, hasta llamarlo "segundo Adán" o el nuevo Adán, la imagen perfecta de Dios. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que nos da la respuesta completa a la pregunta "¿Quién es el hombre?".
Sólo en Jesús se revela plenamente el proyecto de Dios sobre el ser humano: Él es el hombre definitivo según Dios.
El Concilio Vaticano II lo reitera firmemente. Dice así: "En realidad, sólo en el misterio del Verbo encarnado, encuentra verdadera luz el misterio del hombre ... Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le revela su sublime vocación" (Gaudium et spes, 22;. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 359).
En aquel niño, el Hijo de Dios contemplado en la Navidad, podemos reconocer el verdadero rostro, no solo de Dios sino del ser humano; y sólo mediante la apertura de la acción de su gracia y tratando todos los días de seguirle, nosotros realizamos el plan de Dios sobre nosotros. Sobre cada uno de nosotros.
Queridos amigos, en este periodo meditamos sobre la grande y maravillosa riqueza del misterio de la Encarnación, para permitir que el Señor nos ilumine y nos transforme cada vez más a la imagen de su Hijo hecho hombre por nosotros.

miércoles, 2 de enero de 2013

EL ORIGEN DE JESÚS Y LA ACCIÓN DE DIOS


Catequesis del Papa sobre el origen de Jesús y la acción de Dios

VATICANO, 02 Ene. 13 / 11:20 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas,
La Natividad del Señor ilumina una vez más con su luz la oscuridad que a menudo rodea nuestro mundo y nuestros corazones, trayendo esperanza y alegría. ¿De dónde viene esta la luz? De la cueva de Belén, donde los pastores encontraron a "María y José y el niño, acostado en un pesebre" (Lc 2:16).
Ante esta Sagrada Familia surge una pregunta más profunda: ¿cómo puede aquel Niño pequeño y débil haber traído al mundo una novedad tan radical para cambiar el curso de la historia? ¿No hay quizá algo misterioso en su origen, que va más allá de esa cueva?
Una y otra vez surge la cuestión sobre el origen de Jesús, la misma que pone el Procurador Poncio Pilato durante el juicio: "¿De dónde eres tú?" (Jn 19:9). Sin embargo, su origen es muy claro. En el Evangelio de Juan, cuando el Señor dice: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo", los judíos reaccionan murmurando: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: "Yo he bajado del cielo?" (Jn 6,42).
Y, un poco más tarde, los habitantes de Jerusalén se oponen con fuerza a la pretensión de mesianidad de Jesús, afirmando que se sabe "de dónde es éste; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es." (Jn 7:27). Jesús mismo señala lo inadecuado de su pretensión de conocer su origen, y con ello ofrece una guía para saber de dónde viene: "yo no vine por mi propia cuenta; pero el que me envió dice la verdad, y ustedes no lo conocen"(Jn 7:28). Por supuesto, Jesús era de Nazaret, nacido en Belén, ¿pero qué es lo que se sabe acerca de su verdadero origen?
En los cuatro Evangelios es clara la respuesta a la pregunta "de dónde" viene Jesús: su verdadero origen es el Padre; Él viene enteramente de Él, pero de una manera distinta a cualquier profeta o enviado por Dios que le han precedido. El origen sobre el misterio de Dios, "que nadie conoce" está ya contenido en los relatos de la infancia de los Evangelios de Mateo y Lucas, que leemos en este tiempo de Navidad.
El ángel Gabriel anuncia: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios". (Lc 1:35). Repetimos estas palabras cada vez que rezamos el Credo, la profesión de fe: "Incarnatus et est de SpirituSancto ex Maria Virgine", "por obra del Espíritu Santo se encarnó en el vientre de la Virgen María".
Ante esta frase inclinamos nuestras cabezas porque el velo que ocultaba a Dios, por así decirlo, se abre y su misterio insondable e inaccesible a nosotros se toca: Dios se convierte en Emmanuel, "Dios con nosotros". Cuando escuchamos las misas compuestas por los grandes maestros de la música sacra, pienso por ejemplo en la Gran Misa de Mozart, de inmediato notamos cómo fijan la atención especialmente en esta frase, como tratando de expresar con el lenguaje universal de la música lo que las palabras no pueden manifestar: el gran misterio de Dios que se encarna, y se hace hombre.
Si consideramos con atención la expresión "por obra del Espíritu Santo se encarnó en el vientre de María, la Virgen", encontramos que incluye cuatro entidades que actúan. Se mencionan explícitamente el Espíritu Santo y María, pero se sobre entiende "Él", es decir, el Hijo, que se hizo carne en el seno de la Virgen.
En la profesión de fe, en el Credo, Jesús viene definido con diferentes nombres: "Señor,... Cristo, unigénito Hijo de Dios... Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero... de la misma sustancia que el Padre" (Credo niceno-constantinopolitano). Vemos entonces que "Él" remite a otra persona, la del Padre. El primer sujeto de esta frase es, por lo tanto, el Padre, que con el Hijo y el Espíritu Santo, es el único Dios.
Esta afirmación del Credo no se refiere al ser eterno de Dios, sino que habla de una acción en la que toman parte las tres Personas divinas y que se realiza "ex Maria Virgine". Sin ella, la entrada de Dios en la historia humana no hubiera llegado a su fin, y no hubiera sido posible aquello que es fundamental para nuestra Profesión de fe: Dios es un Dios con nosotros. Así que María forma parte esencial de nuestra fe en el Dios que actúa, que interviene en la historia. Ella ofrece su persona entera, "acepta" convertirse en la morada de Dios.
A veces, también en el camino y en la vida de fe podemos percibir nuestra pobreza, nuestra incapacidad ante el testimonio que debemos ofrecer al mundo. Pero Dios eligió, precisamente, a una mujer humilde, en una aldea desconocida, en una de las provincias más lejanas del gran Imperio Romano.
Siempre, aun en medio de las dificultades más arduas que hay que afrontar, debemos confiar en Dios, renovando la fe en su presencia y en su acción en nuestra historia, como en la de María ¡Nada es imposible para Dios! Con Él, nuestra existencia camina siempre sobre un terreno seguro y está abierta a un futuro de esperanza firme.
Profesando en el Credo: "por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen," afirmamos que el Espíritu Santo, como poder del Dios Altísimo, ha obrado de forma misteriosa en la Virgen María la concepción del Hijo de Dios. El evangelista Lucas narra las palabras del Arcángel Gabriel: " El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. " (1,35).
Dos referencias son evidentes: la primera es la de la creación. Al comienzo del libro del Génesis leemos que " el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas" (1,2), es el Espíritu Creador que dio vida a todas las cosas y al ser humano. Lo que sucede en María, por obra del mismo Espíritu divino, es una nueva creación: Dios que ha llamado al ser de la nada, con la Encarnación da vida a un nuevo comienzo de la humanidad. Los Padres de la Iglesia en varias ocasiones hablan de Cristo como nuevo Adán, para marcar el comienzo de la nueva creación del nacimiento del Hijo de Dios en el vientre de la Virgen María.
Esto nos hace reflexionar sobre cómo la fe nos brinda también a nosotros una novedad tan fuerte que produce un segundo nacimiento. De hecho, en el comienzo de la vida cristiana está el Bautismo, que nos hace nacer de nuevo como hijos de Dios, nos hace participar en la relación filial que Jesús tiene con el Padre. Y me gustaría señalar que el Bautismo se recibe, "somos bautizados" –es un pasivo– porque nadie es capaz de hacerse hijo por sí mismo: es un don conferido de forma gratuita.
San Pablo recuerda esta filiación adoptiva de los cristianos en un pasaje central de su Carta a los Romanos y escribe: "Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ‘¡Abbá, Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios". (8, 14-16).
Sólo si nos abrimos a la acción de Dios, como María, sólo si encomendamos nuestra vida al Señor como a un amigo en el que confiamos plenamente, todo cambia, nuestra vida adquiere un sentido nuevo y un rostro nuevo: el de hijos de un Padre que nos ama y no nos abandona nunca.
Por último, me gustaría señalar otro elemento más en las palabras de laAnunciación. El ángel le dice a María: " El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". Es una evocación de la nube santa, que durante el camino del Éxodo, se detenía sobre la Tienda del Encuentro, sobre el arca de la alianza, que el pueblo de Israel llevaba consigo y que indicaba la presencia de Dios (cfr. Ex 40, 34-38).
María es la nueva tienda santa, la nueva Arca de la Alianza, con su "sí" a las palabras del Arcángel, Dios recibe una morada en este mundo, Aquel que el universo no puede contener viene a morar en el vientre de una virgen.
Volvamos entonces a la pregunta con la que comenzamos, la del origen de Jesús, sintetizada por la pregunta de Pilato: "¿De dónde vienes?". En estas reflexiones, parece claro desde el principio de los Evangelios, cuál es el verdadero origen de Jesús: Él es el Unigénito del Padre, viene de Dios.
Estamos ante el gran e impactante misterio de la Navidad: el Hijo de Dios, por obra del Espíritu Santo, se ha encarnado en el seno de la Virgen María. Éste es un anuncio que resuena siempre nuevamente y que lleva consigo esperanza y alegría a nuestros corazones, porque cada vez nos da la certeza, aunque a menudo nos sintamos débiles, pobres e incapaces ante las dificultades y el mal del mundo, de que el poder de Dios actúa siempre y obra maravillas, precisamente en la debilidad. Su gracia es nuestra fuerza (cfr. 2 Cor 12,9-10).