Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre las tres vías que conducen a Dios
VATICANO,
14 Nov. 12 / 11:25 am (ACI).-
El
miércoles pasado, meditamos sobre el deseo de Dios que el ser humano lleva en
lo más profundo de sí mismo. Hoy me gustaría seguir profundizando con ustedes
este aspecto y meditando brevemente sobre algunas vías para llegar al
conocimiento de Dios:
Pero
quisiera recordar que la iniciativa de Dios precede siempre cualquier
iniciativa del hombre, y también en el camino hacia Él, es Él el primero que
nos ilumina, nos orienta y guía, respetando nuestra libertad. Así como es
siempre Él, el que nos hace entrar en intimidad con Él mismo, revelándose y
donándonos la gracia de poder acoger esta revelación en la fe.
No
olvidemos nunca la experiencia de San Agustín: "no somos nosotros los que
poseemos la Verdad después de haberla buscado, sino que es la Verdad la que nos
busca y nos posee".
Pero,
hay vías que pueden abrir el corazón del hombre al conocimiento de Dios, hay
signos que conducen a Dios. Por supuesto, a menudo corremos el riesgo de quedar
deslumbrados, por el brillo de la mundanidad, que nos hace menos capaces de
recorrer algunos caminos o de leer esos signos.
Sin
embargo, Dios no se cansa de buscarnos, es fiel al hombre que ha creado y
redimido, permanece cerca de nuestras vidas, porque nos ama. Ésta es una
certeza que nos debe acompañar todos los días, a pesar de que ciertas
mentalidades difusas dificulten la misión de la Iglesia y de los cristianos de comunicar la alegría del Evangelio a
todas las criaturas y de conducir a todos al encuentro con Jesús, único
Salvador del mundo.
Sin
embargo, ésta es nuestra misión, es la misión de la Iglesia y cada creyente
debe vivirla con alegría, sintiéndola como propia, a través de una vidaverdaderamente animada por la fe y marcada por la
caridad, por el servicio a Dios y a los demás, y capaz de irradiar esperanza.
Esta misión resplandece sobre todo en la santidad, a la que todos estamos
llamados.
Hoy
en día, sabemos que no faltan dificultades y pruebas para la fe, a menudo poco
comprendida, contestada y rechazada. San Pedro –como hemos escuchado– dijo a
sus cristianos: "Estén siempre dispuestos a defenderse delante de
cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo
con suavidad y respeto" (1 Pe 3, 15-16).
En
el pasado, en Occidente, una sociedad que se consideraba cristiana, la fe era
el ambiente en el que todos se movían, la referencia y la adhesión a Dios eran,
para la mayoría de la gente, parte de la vida cotidiana. Más bien, el que no
creía, sentía que debía justificar su incredulidad. En nuestro mundo, la
situación ha cambiado y, cada vez más, el creyente debe ser capaz de dar razón
de su fe. El Beato Juan
Pablo II, en su Encíclica Fides et
Ratio, hizo hincapié en cómo la fe está puesta a prueba, también en
la época contemporánea, atravesada por formas sutiles e insidiosas de ateísmo
teórico y práctico (cf. nn. 46-47).
A
partir del Iluminismo, la crítica contra la religión se ha intensificado; la
historia se ha caracterizado también por la presencia de sistemas ateos, en los
que se consideraba a Dios como una mera proyección del espíritu humano, una
ilusión, y el producto de una sociedad distorsionada por tantas alienaciones.
El
siglo pasado ha sido testigo de un fuerte proceso de secularismo, en nombre de
la autonomía absoluta del hombre, considerado como medida artífice de la
realidad, pero empobrecido por su ser criatura "a imagen y semejanza de
Dios". En nuestro tiempo, se ha verificado un fenómeno particularmente peligroso
para la fe: hay una forma de ateísmo que definimos, precisamente,
"práctico", que no niega las verdades de la fe o los ritos
religiosos, sino que simplemente los considera sin importancia para la vida
cotidiana, separados de la vida, inútil.
A
menudo, entonces, se cree en Dios de una manera superficial, y se vive
"como si Dios no existiera" (etsi Deus no daretur). Al final, sin
embargo, esta forma de vida es aún más destructivo, porque conduce a la
indiferencia ante la fe y la cuestión de Dios.
En
realidad, el hombre separado de Dios, se reduce a una sola dimensión, la
horizontal, y precisamente este reduccionismo es una de las causas
fundamentales de los totalitarismos, que han tenido consecuencias trágicas en
el siglo pasado, así como de la crisis de valores que vemos en realidad actual.
Oscureciendo
la referencia a Dios, también se oscureció el horizonte ético, para dejar
espacio al relativismo y a una concepción ambigua de la libertad, que, en lugar
de liberar, acaba atando al hombre con los ídolos. Las tentaciones que afrontó
Jesús en el desierto, antes de su misión pública, representan muy bien los
"ídolos" que fascinan al hombre, cuando no va más allá de sí mismo.
Cuando
Dios pierde su centralidad, el hombre pierde su lugar justo, ya no encuentra su
lugar en la creación, en las relaciones con los demás. No ha perdido su
significado lo que la sabiduría antigua evoca con el mito de Prometeo: el
hombre cree que puede llegar a ser, él mismo, "dios" dueño de la vida
y la muerte.
Ante
este marco, la Iglesia, fiel al mandato de Cristo, no cesa nunca de afirmar la
verdad sobre el hombre y su destino. El Concilio Vaticano II afirma claramente: "La razón más alta de la
dignidad del hombre consiste en su vocación a la comunión con Dios. Desde su
nacimiento el hombre es invitado al diálogo con Dios: de hecho existe,
solamente porque ha sido creado por el amor de Dios, conservado por el mismo
amor de Él, vive plenamente según la verdad si se reconoce libremente y se
entrega a su Creador" (Gaudium et Spes, 19).
¿Qué
respuestas, entonces está llamada a dar la fe con "gentileza y
respeto", al ateísmo, al escepticismo, a la indiferencia hacia la
dimensión vertical, de modo que el hombre de nuestro tiempo se siga
interrogando sobre la existencia de Dios y recorra los caminos que conducen a
Él? Me gustaría mencionar algunos aspectos, como resultado tanto de la
reflexión natural, como de la misma fuerza de la fe. Me gustaría muy brevemente
resumirlo en tres palabras: el mundo, el hombre, la fe.
La
primera: el mundo. San Agustín, que en su vida ha buscado durante mucho tiempo
la Verdad y fue aferrado por la Verdad, tiene una página bella y famosa, en la
que dice: "Interroga a la belleza de la tierra, del mar, del aire
enrarecido que se expande por todas partes; interroga la belleza del cielo... interroga a todas
estas realidades. Todas te responderán: mira y observa qué hermosas somos. Su
belleza es como un himno de alabanza. Ahora bien, estas criaturas tan hermosas,
pero a la vez tan cambiantes, ¿quién las hizo, si no uno que es la belleza que
no cambia"? (Sermón 241, 2: PL 38, 1134).
Creo
que tenemos que recuperar y devolver al hombre de hoy la posibilidad de
contemplar la creación, su belleza, su estructura. El mundo no es un magma
informe, pero cuanto más lo conocemos, más descubrimos los mecanismos
maravillosos, mejor vemos su diseño, vemos que hay una inteligencia creadora.
Albert Einstein dijo que en las leyes de la naturaleza "se revela una
razón tan superior que todo el pensamiento racional y las leyes humanas son
comparativamente una reflexión muy insignificante" (El mundo como yo lo
veo, Roma 2005). Una primer camino, pues, que conduce al descubrimiento de Dios
es contemplar con ojos atentos la creación.
La
segunda palabra: el hombre. Siempre San Agustín, tiene una famosa frase que
dice que Dios está más cerca de mí que yo a mí mismo (cf. Confesiones, III, 6,
11). A partir de aquí se formula la invitación: "No vayas fuera de ti
mismo, vuelve a entrar en ti mismo: en el hombre interior habita la
verdad" (True Religion, 39, 72).
Este
es otro aspecto que corremos el riesgo de perder en el mundo ruidoso y
dispersivo en el que vivimos: la capacidad de pararnos y de mirar en lo
profundo de nosotros mismos y leer esa sed de infinito que llevamos dentro, que
nos impulsa a ir más allá y nos lleva hacia Alguien que la pueda colmar. ElCatecismo de la Iglesia
Católica afirma:
"Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la
voz de la conciencia, con su aspiración al infinito y a la felicidad, el hombre
se pregunta sobre la existencia de Dios "(n. 33).
La
tercera palabra: la fe. Sobre todo en la realidad de nuestro tiempo, no debemos
olvidar que un camino que conduce hacia el conocimiento y al encuentro con Dios
es la vida de fe. El que cree está unido a Dios, está abierto a su gracia, a la
fuerza de la caridad. Así su existencia se convierte en testimonio no de sí
mismo, sino del Resucitado, y su fe no tiene miedo de mostrarse en la vida
cotidiana: está abierta al diálogo, que expresa profunda amistad para el viaje
de cada hombre, y sabe cómo abrir las luces de esperanza a la necesidad de
redención, de felicidad, de futuro.
La
fe, de hecho, es encuentro con Dios que habla y actúa en la historia y que
convierte nuestra vida cotidiana, transformando en nosotros mentalidad, juicios
de valor, decisiones y acciones. No es ilusión, fuga de la realidad, cómodo
refugio, sentimentalismo, sino que es participación de toda la vida y es
anuncio del Evangelio, la Buena Nueva capaz de liberar a todo el hombre. Un
cristiano, una comunidad que sean laboriosos y fieles al designio de Dios que
nos ha amado desde el principio, son una vía privilegiada para los que viven en
la indiferencia o en la duda acerca de su existencia y de su acción.
Esto,
sin embargo, pide a todos a hacer cada vez más transparente el propio
testimonio de fe, purificando la propia vida para que sea conforme a Cristo.
Hoy en día muchos tienen una concepción limitada de la fe cristiana, porque la
identifican con un mero sistema de creencias y valores, y no tanto con la
verdad de Dios revelada en la historia, deseoso de comunicarse con el hombre
cara a cara, en una relación de amor con él.
De hecho, fundamento de toda doctrina o valor es
el encuentro del hombre con Dios en Cristo Jesús. El cristianismo, antes que
una moral o una ética, es el acontecimiento del amor, es el acoger la persona
de Jesús. Por esta razón, el cristiano y las comunidades cristianas y cristianos,
antes que nada, deben mirar y hacer mirar a Cristo, verdadero camino que
conduce a Dios.