Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quisiera presentar el nuevo ciclo de
catequesis, que se lleva a cabo durante todo el Año de la Fe que
acaba de empezar y que interrumpe --por este período--, el ciclo
dedicado a la escuela de oración. Con la Carta apostólica Porta
Fidei elegí este Año especial,
justamente para que la Iglesia renueve el entusiasmo de creer en
Jesucristo, único Salvador del mundo, reavive la alegría de caminar
por la vía que nos ha mostrado, y testifique en modo concreto la
fuerza transformante de la fe.
El aniversario de los cincuenta años de la apertura del Concilio
Vaticano II es una gran oportunidad para volver a Dios, para
profundizar y vivir con mayor valentía la propia fe, para fortalecer
la pertenencia a la Iglesia, "maestra en humanidad", y que,
a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los
sacramentos y las obras de caridad nos lleve a encontrar y conocer a
Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Se trata del encuentro no
con una idea o con un proyecto de vida, sino con una Persona viva que
nos transforma profundamente, revelándonos nuestra verdadera
identidad como hijos de Dios. El encuentro con Cristo renueva
nuestras relaciones humanas, dirigiéndolas, de día en día, hacia
una mayor solidaridad y fraternidad, en la lógica del amor.
Tener fe en el Señor no es algo que interesa solamente a nuestra
inteligencia, al área del conocimiento intelectual, sino que es un
cambio que implica toda la vida, a nosotros mismos: sentimiento,
corazón, intelecto, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones
humanas. Con la fe realmente cambia todo en nosotros y por nosotros,
y se revela claramente nuestro destino futuro, la verdad de nuestra
vocación en la historia, el significado de la vida, la alegría de
ser peregrinos hacia la Patria celeste.
Pero --nos preguntamos--, ¿la fe es verdaderamente una fuerza
transformadora en nuestra vida, en mi vida? ¿O solo es uno de los
elementos que forman parte de la existencia, sin ser aquello
determinante que la implica por completo?
Con la catequesis de este Año de la Fe nos gustaría realizar un
camino para fortalecer o reencontrar la alegría de la fe,
entendiendo que ella no es algo ajeno, desconectada de la vida real,
sino que es el alma. La fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho
cercano al hombre encarnándose y entregándose a sí mismo en la
cruz para salvarnos y reabrirnos las puertas del Cielo, indica de
modo luminoso, que solo en el amor está la plenitud del hombre. Es
necesario repetirlo con claridad, que mientras las transformaciones
culturales de hoy muestran a menudo muchas formas de barbarie, que
pasan bajo el signo de "conquistas de la civilización": la
fe afirma que no existe una verdadera humanidad si no es en los
lugares, en los gestos, dentro del plazo y en la forma en la que el
hombre está animado por el amor que viene de Dios; que se expresa
como un don, se manifiesta en relaciones llenas de amor, de
compasión, de atención y de servicio desinteresado frente a los
demás. Donde hay dominación, posesión, explotación,
mercantilización del otro para el propio egoísmo, donde está la
arrogancia del yo encerrado en sí mismo, el hombre termina
empobrecido, desfigurado, degradado. La fe cristiana, activa en el
amor y fuerte en la esperanza, no limita, sino que humaniza la vida,
más áun, la vuelve plenamente humana.
La fe es acoger este mensaje transformante en nuestra vida, es acoger
la revelación de Dios, que nos hace saber quién es Él, cómo
actúa, cuáles son sus planes para nosotros. Es cierto que el
misterio de Dios permanece siempre más allá de nuestros conceptos y
de nuestra razón, de nuestros rituales y oraciones. Sin embargo, con
la revelación Dios mismo se autocomunica, se relata, se vuelve
accesible. Y nosotros somos capaces de escuchar su Palabra y de
recibir su verdad. He aquí la maravilla de la fe: Dios, en su amor,
crea en nosotros --a través de la obra del Espíritu Santo--, las
condiciones adecuadas para que podamos reconocer su Palabra. Dios
mismo, en su voluntad de manifestarse, de ponerse en contacto con
nosotros, de estar presente en nuestra historia, nos permite
escucharlo y acogerlo. San Pablo lo expresa así con alegría y
gratitud: "No cesamos de dar gracias a Dios porque, al recibir
la palabra de Dios que les predicamos, la acogieron, no como palabra
de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que
permanece activa en ustedes, los creyentes " (1 Ts. 2,13).
Dios se ha revelado con palabras y hechos a
través de una larga historia de amistad con el hombre, que culmina
en la Encarnación del Hijo de Dios y en su misterio de la Muerte y
Resurrección. Dios no solo se ha revelado en la historia de un
pueblo, no solo habló por medio de los profetas, sino que ha cruzado
su Cielo para entrar en la tierra de los hombres como un hombre, para
que pudiéramos encontrarle y escucharle. Y desde Jerusalén, el
anuncio del Evangelio de la salvación se ha extendido hasta los
confines de la tierra. La Iglesia, nacida del costado de Cristo, se
ha vuelto portadora de una sólida y nueva esperanza: Jesús de
Nazaret, crucificado y resucitado, salvador del mundo, que está
sentado a la diestra del Padre y es el juez de vivos y muertos. Este
es el kerigma,
el anuncio central y rompedor de la fe. Pero desde el principio,
surgió el problema de la "regla de la fe", es decir, de la
fidelidad de los creyentes a la verdad del Evangelio en la cual
permanecer con solidez, a la verdad salvífica sobre Dios y sobre el
hombre, para preservarla y transmitirla. San Pablo escribe: "Serán
salvados, si lo guardan [el evangelio] tal como se lo prediqué... Si
no, ¡habrán creído en vano!" (1 Cor. 15,2).
Pero, ¿dónde encontramos la fórmula esencial de la fe? ¿Dónde
encontramos la verdad que se nos ha transmitido fielmente y que es la
luz para nuestra vida diaria? La respuesta es simple: en el Credo, en
la Profesión de Fe o Símbolo de la Fe, nosotros nos remitimos al
hecho original de la Persona y de la Historia de Jesús de Nazaret;
se hace concreto lo que el Apóstol de los gentiles decía a los
cristianos de Corinto: "Porque yo les transmití, en primer
lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros
pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al
tercer día." (1 Cor. 15,3).
Incluso hoy tenemos necesidad de que el Credo sea mejor conocido,
entendido y orado. Sobre todo, es importante que el Credo sea, por
así decirlo, "reconocido". Conocer, en realidad, podría
ser una operación tan solo intelectual, mientras "reconocer"
significa la necesidad de descubrir la profunda conexión entre la
verdad que profesamos en el Credo y nuestra vida cotidiana, para que
estas verdades sean real y efectivamente --como siempre fueron--, luz
para los pasos en nuestro vivir, y vida que vence ciertos desiertos
de la vida contemporánea. En el Credo se engrana la vida moral del
cristiano, que en él encuentra su fundamento y su justificación.
No es casualidad que el beato Juan Pablo II quisiera que el Catecismo
de la Iglesia Católica, norma segura para la enseñanza de la fe y
fuente fiable para una catequesis renovada, fuese configurado sobre
el Credo. Se ha tratado de confirmar y proteger este núcleo central
de las verdades de la fe, convirtiéndolo a un lenguaje más
inteligible a los hombres de nuestro tiempo, a nosotros. Es un deber
de la Iglesia transmitir la fe, comunicar el Evangelio, para que las
verdades cristianas sean luz en las nuevas transformaciones
culturales, y los cristianos sean capaces de dar razón de su
esperanza (cf. 1 Pe. 3,14).
Hoy vivimos en una sociedad profundamente cambiada, incluso en
comparación con el pasado reciente y en constante movimiento. Los
procesos de la secularización y de una extendida mentalidad
nihilista, en lo que todo es relativo, han marcado fuertemente la
mentalidad general. Por lo tanto, la vida es vivida con frecuencia a
la ligera, sin ideales claros y esperanzas sólidas, dentro de
relaciones sociales y familiares líquidas, provisionales. Sobretodo
las nuevas generaciones no están siendo educadas en la búsqueda de
la verdad y del sentido profundo de la existencia que supere lo
contingente, en pos de una estabilidad de los afectos, de la
confianza. Por el contrario, el relativismo lleva a no tener puntos
fijos; la sospecha y la volubilidad provocan rupturas en las
relaciones humanas, a la vez que se vive con experimentos que duran
poco, sin asumir una responsabilidad.
Si el individualismo y el relativismo parecen dominar el ánimo de
muchos contemporáneos, no podemos decir que los creyentes sigan
siendo totalmente inmunes a estos peligros con los que nos
enfrentamos en la transmisión de la fe. La consulta promovida en
todos los continentes, para la celebración del Sínodo de los
Obispos sobre la Nueva Evangelización, ha puesto de relieve algunos:
una fe vivida de un modo pasivo y privado, la negación de la
educación en la fe, la diferencia entre vida y fe.
El cristiano a menudo ni siquiera conoce el núcleo central de su
propia fe católica, el Credo, dejando así espacio a un cierto
sincretismo y relativismo religioso, sin claridad sobre las verdades
a creer y la unicidad salvífica del cristianismo. No está muy lejos
hoy el riesgo de construir, por así decirlo, una religión "hágalo
usted mismo". Por el contrario, debemos volver a Dios, al Dios
de Jesucristo, debemos redescubrir el mensaje del Evangelio, hacerlo
entrar en modo más profundo en nuestras conciencias y en la vida
cotidiana.
En las catequesis de este Año de la Fe
quisiera ofrecer una ayuda para hacer este viaje, para retomar y
profundizar las verdades centrales de la fe sobre Dios, sobre el
hombre, sobre la Iglesia, sobre toda la realidad social y cósmica,
meditando y reflexionando sobre las afirmaciones del Credo. Y
quisiera dejar en evidencia que estos contenidos o verdades de la fe
(fides quae)
se conectan directamente a nuestras vidas; exigen una conversión de
vida, dando paso a una nueva manera de creer en Dios (fides
qua). Conocer a Dios, encontrarle,
explorar los rasgos de su rostro ponen en juego nuestra vida, porque
Él entra en la dinámica profunda del ser humano.
Que el camino que realizaremos este año nos haga crecer a todos en
la fe y en el amor a Cristo, para que podamos aprender a vivir, en
las decisiones y acciones diarias, la vida buena y hermosa del
Evangelio. Gracias.
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